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FRENTE A FRENTE
Aurelio-René de Nicolás



La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que manan los poderes del Estado.

El castellano es la lengua española del Estado.

Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.



domingo, 14 de marzo de 2010


Ramón de Mesonero Romanos (pseudónimo El Curioso Parlante) nació en Madrid el 19 de julio de 1803 en la madrileña calle conocida con el nombre del Olivo, y que más tarde llevaría los apellidos del propio autor tal como figura en los repertorios dedicados a las calles y plazas del Madrid de la época.
La fecha de 1803 será recordada años más tarde por el propio Galdós en su novela Fortunata y Jacinta gracias a la introducción de un personaje, Plácido Estupiñá, que «había venido al mundo en 1803, y se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido, como éste, el 19 de julio del citado año».
El Curioso Parlante referirá noticias de sus padres, amigos y del ambiente familiar en general de sus primeros años. El desfile ininterrumpido de personas que solían acudir a la casa paterna a pedir algún favor o a requerir los servicios de su padre, don Matías, quedará grabado en su mente: «Alternaban, pues, en ella toda clase de sujetos, desde el Consejero de empolvado peluquín hasta el humilde paje de bolsa; desde la bordada casaca del covachuelista (oficial de las Secretarías del Despacho) hasta el diligente escribano o procurador; desde el opulento Cubano o Perulero que venía a pretender la merced de un hábito de las Órdenes, o por lo menos una cruz chica (supernumeraria de Carlos III), hasta el anciano labriego que solicitaba la exención de su hijo único del servicio militar». Alcaldes, acaudalados comerciantes, cosecheros, frailes y personas de muy dispar oficio o profesión solían visitar el despacho de don Matías, «hombre de carácter bondadoso como buen castellano viejo que era», según palabras del propio autor.
Las referencias a su padre en las Memorias son numerosísimas y en la mayoría de las ocasiones relacionadas con su vocación por la literatura. Su indiscreta curiosidad infantil, tal como señala el autor, le haría conocedor de las intimidades de Palacio, de las intrigas cortesanas y devaneos amorosos de los principales personajes de la Corte.
El inicio del Trienio Liberal marcará profundamente el estado anímico del autor, y no sólo por el triste lance referido con anterioridad, sino por la nueva atmósfera política que cambiaría totalmente la historia por un corto periodo de tiempo. El propio autor en sus Memorias describe la atmósfera revolucionaria: «todos, y especialmente la juventud, aspirábamos aquellos vientos y veíamos venir aquella borrasca con entusiasmo, hijos del más sincero patriotismo y sin asomo de interés egoísta». Con gran precisión describe Mesonero Romanos todo este periodo constitucional, desde las tertulias más significativas de la época, prensa, políticos y composición de los gabinetes ministeriales hasta las representaciones teatrales y centros culturales más importantes del momento. No faltan en este registro minucioso las anécdotas que configuran la pequeña historia de un Madrid abrumado por los hechos, ni tampoco los sucesos que gravitarán de forma harto elocuente en el propio autor, como su alistamiento voluntario a los dieciocho años en la Milicia. Sus andanzas, aventuras y desventuras como miliciano en este episodio histórico reflejan con una objetividad fuera de lo común aquellos años del llamado Trienio Liberal.
Paralelamente Mesonero Romanos refiere sus primeros pasos literarios, sus lecturas, amistades, costumbres... Sus Memorias ilustran una vez más aquellos aspectos más notables en la vida del autor. Gracias a este preciso material conocemos el temprano entusiasmo por Moratín, Gallardo, Miñano... De igual forma mostrará una gran admiración y respeto por la dramaturgia del Siglo de Oro. Autores como Tirso, Lope, Calderón, Moreto o Rojas yacían, según palabras del autor, en un injusto olvido. No falta en las Memorias su sentido entusiasmo por la ópera italiana, género que fascinaba a la sociedad de la época. La Italiana en Argel, L'Inganno felice, El Turco en Italia, La Gazza ladra, Tancredo, El barbero de Sevilla produjeron una verdadera revolución. Mesonero Romanos analiza detenidamente todo este mundo de la ópera, afirmando que los ídolos del público madrileño eran Adelaida di Sala, arrogante y hermosísima donna en el Tancredo y la Dalmani Nadi, de admirable voz y maestría. No faltan en estos capítulos las referencias al entonces joven escritor, convertido a los veintitrés años en fiel seguidor de la moda. Su identificación con los jóvenes leones así como su asistencia a salones y paseos de buen tono quedan perfectamente reflejados en el inicio de la segunda parte de sus Memorias. Mesonero Romanos referirá, igualmente, sus comienzos literarios, sus amistades, sus preferencias artísticas...
La conocida tertulia de El Parnasillo la recordará con no poca nostalgia en sus escritos. Su amistad personal con los componentes de la llamada Partida del Trueno aparece grabada en la mente de un anciano que rememora con nostalgia los episodios literarios más significativos del momento. Espronceda, Vega, Escosura, Santos Álvarez, Larra, Romero Larrañaga, Pelegrín, Segovia... formarán parte de este círculo en el que también figuraba Mesonero Romanos. Artistas, dramaturgos y conocidos empresarios serán igualmente contertulios y amigos del autor. José M. Carnerero, conocido periodista y dramaturgo que ejercería una notable influencia en los jóvenes escritores de la época. Personaje muy unido a Mesonero Romanos y que lo introduciría en los medios periodísticos más importantes del momento.
Su afición por el teatro quedará también reflejada en sus Memorias. Las obras de nuestros clásicos, así como las versiones y adaptaciones del teatro greco-latino, despertarán la admiración del entonces novel escritor. No menos interesantes al respecto son las puntuales citas y referencias a los actores y actrices de la época, como en el caso del célebre Isidoro Máiquez, actor de superior inteligencia que había transformado el arte escénico.
No menos significativa es su actitud ante el nuevo cambio social y urbano que experimenta Madrid durante estos años. Sus salidas al extranjero están motivadas, entre otras causas, por su interés y curiosidad por la fisonomía urbana que impera en distintos contextos geográficos. Desde agosto de 1833 a mayo de 1834 Mesonero Romanos viajará a Francia tal como aparece en una concisa nota inserta en sus Memorias, referencia que remite al lector a la ciudad de Marsella en el preciso momento en que se produce el fallecimiento de Fernando VII. Mesonero tuvo la intención de recoger todas sus impresiones de viaje en un Diario, propósito que no llegó a realizar. Su segunda salida al extranjero queda reflejada en su obra Recuerdos de Viaje por Francia y Bélgica. De todo este material noticioso el autor pudo confrontar los aspectos más diversos existentes entre Madrid y las principales ciudades europeas. Mesonero Romanos saldrá al extranjero como un curioso observador que analiza los progresos, el civismo y las reformas efectuadas en todos estos núcleos urbanos.
Estébanez Calderón, compañero de Mesonero Romanos en la redacción del periódico Cartas Españolas, visitará París y Londres en 1843. Mesonero Romanos, al igual que un buen número de escritores costumbristas, no se cerrará en su concha, ni desdeñará lo extranjero por el mero hecho de ser, precisamente, extranjero, sino que viajará a otros países como si con ello quisiera encontrar el justo término de comparación.
Las vivencias personales de Mesonero Romanos encuentran feliz acogida en sus Memorias hasta el periodo comprendido entre 1845-1850. Fechas que remiten al lector a los años dedicados al Ayuntamiento de Madrid como concejal. Su Proyecto de mejoras generales, leído en la sesión de la Corporación municipal el día 23 de mayo de 1846, supone una auténtica remodelación del Madrid de la época. Años más tarde redactó unas nuevas Ordenanzas municipales que rigieron durante un largo periodo de tiempo, hasta que el aumento de la población y la construcción de nuevos edificios y arterias urbanas hicieron necesaria la publicación de nuevas ordenanzas municipales. Entre el periodo de su renuncia como concejal del Ayuntamiento de Madrid y su vinculación al mismo como cronista oficial mediaron unos diez años de intensa labor literaria.
Sus ediciones dedicadas al estudio de los dramaturgos contemporáneos y posteriores a Lope de Vega y Rojas Zorrilla para la Biblioteca de Autores Españoles, así como su intensa labor como cronista oficial a partir del 15 de julio de 1864 son una prueba evidente de su ininterrumpido quehacer literario. Quedan atrás sus colaboraciones en El Indicador de las Novedades, El Correo Literario y Mercantil, Cartas Españolas, Revista Española, Diario de Madrid, Semanario Pintoresco Español... No menos fecunda sería su intensa labor como promotor y fundador del Ateneo y del Liceo. Su ingreso en la Real Academia sería de igual forma uno de los momentos más significativos en la vida del autor, justa recompensa a un hombre dedicado por completo a la literatura y a las mejoras sociales de Madrid desde su posición como hombre de letras. El 3 de mayo de 1838 la Real Academia Española le nombró académico honorario y el 25 de febrero de 1847 figuraría como miembro de número. Bibliotecario perpetuo de la villa de Madrid, el Ayuntamiento le compró su biblioteca en la cantidad de 70.000 reales, venta que a juicio de C. Seco Serrano denota escasa generosidad por parte de El Curioso Parlante, harto sobrado de dinero como para vender sus libros. La simple cesión al Ayuntamiento madrileño de estos fondos que, por lo demás, iba a seguir administrando el propio autor, «hubiera sido un gesto elegante a la par que un sacrificio muy relativo para el bibliotecario perpetuo de Madrid». Mesonero Romanos, hombre de negocios, estaría tal vez cansado o escarmentado de haberse comportado con no poca generosidad en su larga vida. El autor, tan poco dado a comentar episodios personales, declarará, sin embargo, en un romance que ha actuado siempre con generosidad, formando parte de sociedades, juntas y otros organismos sin sueldo alguno y con numerosas obligaciones.
Su fallecimiento, 30 de abril de 1882, supuso un auténtico acontecimiento en la villa y corte de Madrid, una manifestación de duelo poco frecuente en este periodo histórico. Su legado se proyectará siempre como un copioso caudal de noticias de su época, imprescindible para todo aquel que quiera adentrarse en la pequeña historia de una España abrumada por los hechos y acontecimientos sociales.